Publié par : lettresdemontreal | 4 juillet 2012

¿“Doi Moi” en Cuba?

Raúl Castro anda por China y Vietnam y ya hay quien augura que anda a la búsqueda de un “modelo” para sacar a la isla del inmovilismo económico, pues hace rato quedó claro que del inmovilismo político él y su hermano están muy “orgullosos” y no piensan dar ni un paso en ninguna otra dirección.

Lo que queda evidenciado de estos análisis, aunque no lo proclamen abiertamente es que el gobierno cubano no ha tenido ni tiene capacidad de innovación propia. Ello tiene sus razones que trataremos de explicar brevemente aquí.

Desde un principio la revolución cubana no tuvo una ideología o programa político propio. Para muchos intelectuales occidentales[1] esa apertura ideológica en una época de bipolarismo mundial les parecía innovadora y favorecedora de nuevos acercamientos filosóficos a la ya entonces muy comprometida causa de la redención social mundial, pues luego de la imposición del curso estalinista en el movimiento comunista internacional y de las masacres, persecuciones, purgas y destierros de pueblos enteros que en la exURSS tuvieron lugar, ya estaba sellado el destino de un proyecto a todas luces utópico. Para 1959 Stalin tenía ya reconocidos epígonos en Mao Tse-Tung, Kim-il-Sung, y muchos otros menos célebres tiranuelos “comunistas”.

Lo que ocurría en Cuba durante los primeros años de la década de los 60 es que los jóvenes “revolucionarios” no tenían una idea clara de lo que querían en un plano teórico, ni la “cabeza” para ponerse a pensar en “esas cosas”. Había que dedicarse por completo a mantener el poder y por ende la teoría quedó en la gaveta de los asuntos pendientes. No obstante un miembro importante de ese gobierno, Ernesto Guevara, sí pensó en la necesidad de un programa teórico que calzara las acciones políticas en curso. Sus escritos sobre estos temas fueron publicados tan sólo cuando aquel murió en Bolivia, pues de haber sido hecho antes, estos hubiesen hecho sombra a la figura del “comandante en jefe” que no tenía “obra” para contrastar.

En 1968 quedó claro cual era la plataforma “teórica” de la revolución cubana, y muchos han sido luego los que han señalado ese fatídico año en la cronología de meteduras de pata de los gobernantes cubanos. La sovietización del país y en particular de su vida universitaria y cultural ha sido clasificada desde entonces como el “Quinquenio gris”, en irónica alusión a los planes quinquenales del modelo de economía soviética implantada en Cuba.

El primer Castro dejó bien clara su incapacidad en la dirección de la economía cubana con el estrepitoso fracaso de la Zafra de los 10 millones de 1970 que obviamente quedó muy por debajo de la cifra de millones de toneladas de azúcar “planificadas”. Desde entonces se dedicó fundamentalmente a dirigir la subversión y las guerras en las que miltares cubanos participaron en el extranjero[2] y dejó en manos de tecnócratas sovietizantes la economía cubana, la cual se alimentaba fundamentalmente de un puente permanente de bienes de consumo y maquinaria provenientes de la URSS, casi gratuitamente, con los resultados conocidos.

Cuando el subsidio soviético se terminó en 1991 comenzó el “Periodo especial en tiempos de paz” y con él, la hora de la verdad económica del régimen. Cuba ha sido desde entonces el marco de una economía en permanente decadencia y con pocas o ninguna posibilidad de reformas que puedan relanzarla. Los principios “ideológicos” del socialismo cubano, heredados de los soviéticos y en particular de los manuales estalinistas que la burocracia cubana impuso, han impedido que se lleven a cabo verdaderos cambios para adaptar el país a la situación de los mercados internacionales luego del derrumbe del CAME y el socialismo del Este.

Desde el púlpito del poder, los dos Castros han hecho poco o nada para esclarecer el rumbo del país. El único discurso machacón e invariable ha sido el de llamar al pueblo cubano a “salvar las conquistas del socialismo” sin especificar por que vías o métodos económicos, no ya políticos.

Ningún país se construye y desarrolla adoptando modelos ajenos, impuestos desde arriba. La solución del problema cubano radica en la creatividad y la voluntad de los 11 millones de cubanos de la isla, más la ayuda o apoyo de los dos o tres millones de la diáspora.

Es por eso que el problema cubano pasa por la sustitución de la clique que se aferra al poder y que pretende heredar a su clan familiar, una vez que hayan desaparecido los iniciadores del desastre nacional.

Esa es la realidad cubana, de nada sirve andar con cortapisas.


[1] En particular Jean-Paul Sartre. En su libro Huracán sobre el azúcar desarrolló esta peregrina idea.

[2] En particular Angola y Etiopía, pero militares cubanos han participado en conflictos que van desde Siria, y Argelia, hasta Vietnam y muchos otros países de todos los continentes.


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