Publié par : lettresdemontreal | 17 décembre 2012

¿Se puede ser ateo y cristiano a la vez?

cristianismoateismo

Mi respuesta es que sí, se puede, más no se trata de una respuesta simple. Como todo fenómeno contemporáneo, se trata de un tema de carácter complejo que tiene toda una amplia ramificación de causas y consecuencias. De hecho todo fenómeno ha sido siempre complejo, pero no es sino ahora que tenemos mayor conciencia de ello.

Aquí, en las Américas y desde que en el siglo XVI se impusiera el cristianismo venido de Europa, sometiendo o destruyendo las mitologías aborígenes, ese monoteísmo de origen semítico ha moldeado las culturas de las que hoy somos portadores.

Ayer en Newtown el presidente Obama hizo repetida referencia al dios de los cristianos. Algo a todas luces natural en un momento de tanto dolor, en un país por demás que otorga tanta importancia al tema religioso. Sin embargo, para quienes han querido ver en él hasta ahora a un ateo, esta ha sido una ocasión de desengaño, para los que no anhelan sino una nueva ola de fundamentalismo cristiano en el poder del país más poderoso de la tierra, quizás sea un momento de « esperanza ». Es muy probable que ambos se confundan.

Yo no puedo hablar por el presidente, ni por nadie más, tan sólo por mí. Lo que trataré aquí, sin embargo, me parece tema digno de consideración o al menos de reflexión.

Desde hace mucho tiempo me considero ateo y ello ha sido el resultado de una formación que lo fomentó. Aunque esa formación fue instrumentalizada de manera impositiva (en el sistema de enseñanza de países como Cuba y la ex-URSS), el desarrollo de las ciencias anterior y posterior a esa formación ha sido el catalizador de mis convicciones ateas. Al mismo tiempo, la cultura en la cual me he desenvuelto la mayor parte de mi vida, está profundamente marcada por lo religioso, incluido aquello o aquellos que se considera(n) laico(s) o hasta ateo(s). En Cuba, por ejemplo, el culto a todo tipo de autoridades, ya sean divinas o terrenales es lo común y en esa dirección continua desarrollándose la identidad nacional. El cubano promedio es descreído pero a la hora de las dificultades va a santiguarse y en su casa cuelga un retrato de Jesús, la Virgen, o de alguno de los Castros…por ahora.

En las sociedades del primer mundo, con quizás la excepción de la estadounidense, la religiosidad decreció notablemente en el transcurso del siglo XX y lo que va del XXI. La cultura sin embargo ha continuado siendo marcadamente cristiana. Celebramos la navidad, la pascua, y todas y cada una de las fiestas religiosas que católicos o protestantes han ido creando a lo largo de siglos. Algunas de esas fechas son días feriados oficiales, otras no. En el resto del mundo la religiosidad es robusta, estable o aumenta, en gran medida como resultado de la crisis generalizada que azota a la humanidad.

En ese contexto, ¿qué actitud deben asumir los ateos que viven en países industrializados o los intelectuales de los países en desarrollo? ¿Acaso seguir acusando a las religiones de todos los males pasados y presentes como ha sido la costumbre? Ese proceder sería tan inútil y fútil, como los intentos que ciertos gobiernos « ateos » hicieron en el pasado de « erradicar » la religión.

Más importante parece ser prestar atención a lo que realmente somos y a las amenazas que a esa identidad cultural de base cristiana existen en nuestros países. Queda claro que somos en las Américas y en gran mayoría herederos de una cultura permeada de cristianismo. Hay que ser consecuentes con ello seamos o no creyentes, para asegurar, conservar y desarrollar los valores que los acompañan y que han permitido construir las sociedades que hoy disfrutamos, sociedades que se encuentran entre las más exitosas del planeta. Ninguna sociedad es perfecta, pero las que tenemos en este continente están lejos de ser las peores y aunque las desigualdades entre ellas son aún notorias, muchas más cosas las unen que las separan, al contrario, por ejemplo, del Medio Oriente o algunas zonas de África o hasta del Cáucaso y de Asia central, con sus focos de tensión étnica y religiosa permanentes.

En las Américas, desde la era republicana y como norma[1], hemos dado la bienvenida a todos los hombres del mundo, independientemente de raza o religión. Ello es hoy más visible que nunca en países como Brasil, EE.UU y Canadá. Con políticas relativas a la multiculturalidad o a la identidad cultural de esos pueblos diferentes en varios grados, todos promueven la tolerancia y la coexistencia en el respeto y el acomodamiento de las diferencias. ¿Es acaso ello sinónimo de un abandono de la identidad cristiana de base que ha sido la formadora cultural por excelencia de estas sociedades? No lo creo, pero la cuestión no se discute abiertamente, so pena de ser políticamente incorrecto y ese es un peligro, porque minorías religiosas provenientes de esas zonas anteriormente mencionadas, en las que la cultura ancestral es la de « mi religión es la única verdadera y todos los demás son infieles » es un peligro que ya hemos visto como se revierte en actos terroristas y la desestabilización de comunidades, donde la vida había sido hasta entonces estable y próspera.

La humanidad seguirá otorgando una importancia cardinal al sentimiento religioso en los siglos por venir. Es algo que en el fondo es decepcionante para los que no creemos en dios alguno, pero es una realidad con las que ateos, agnósticos y laicos razonables deben funcionar. Lo que no es para nada decepcionante sin embargo, es la herencia cultural que esas tradiciones religiosas nos han legado. Con ellas debemos trabajar, en ellas inspirarnos y desde ellas sacar todo el provecho posible para el mejoramiento humano. Ese es propósito que todo intelectual, del credo que sea, debe tener en cuenta.

En las Américas además, es una responsabilidad para con nosotros mismos y para con el resto del mundo saber ser consecuentes y coherentes con nuestra herencia cristiana, en aras de seguir siendo quiénes somos y de ofrecer una alternativa a quienes se vean sofocados por esas identidades que Amin Maalouf ha llamado « mortíferas » y que cobran hoy miles de vidas cada año.


[1] Está claro que en la época de los nacionalismos extremos que llevaron a las dos guerras mundiales los efectos de los fascismos y comunismos europeos se hicieron sentir en las políticas de inmigración americanas.


Responses

  1. Personalmente creo que es imposible mantener ambas creencias, o « descreencias ». Yo, técnicamente, soy ateo pero siempre prefiero decir que « no creo en dioses ». Ya cuando me endilgan un sustantivo que describe filiaciones me parece que soy considerado como miembro de una cofradía o gueto, precisamente algo de lo que no quiero ser parte. Sospecho que Obama es ateo y que el no aceptarlo en público es parte de su respeto hacia la mayoría de los estadounidenses, una « mentira blanca » con más cargos y efectos positivos que negativos.
    Curiosamente ayer estaba leyendo un estudio estadístico de Gallup que muestra unos 15 millones de ateos en USA en 1992; solamente 10 años más tarde, ahora, se han duplicado y llegan a 30 millones.

    • No se trata de creencias, sino de identidades, por una parte se puede ser ateo, lo cual no constituye (o no debe constituir) una creencia, sino un estado del espíritu, o una epistemología, o como se le quiera llamar. Por la otra parte está la identidad y la cultura, que en nuestro caso occidental y específicamente americano criollo (pues el caso americano aborígen es o puede ser diferente), pues somos de herencia cristiana y vivimos en sociedades de cultura e identidad cristiana. En ellas hemos ido evolucionando y gracias a esa cultura e identidad hemos llegado donde estamos. No está mal, hay que valorar ese patrimonio, esa es la idea. Gracias por su comentario.

  2. Querido Raúl, haz dado en el clavo. Hacía mucho que no leía algo tan interesante. Y como digo a mis amigos de Facebook, creyentes y no creyentes, te deseo una feliz Navidad junto con tu esposa e hija. Nosotros envejeciendo y tirando. Estamos vivos, gozanos de nuestros nietos y como el mundo no se acabó, creo que van a tenernos que aguantar un buen rato. Un abrazo afectuoso para ti. Victor


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