Publié par : lettresdemontreal | 15 juillet 2013

La fe perdida, pero una más grave

Feperdidareligideol

Los veranos en Cuba son, con cada año que pasa, cada vez más una época de hastío y de desesperanza. El calor es insoportable, la gente pena por levantarse de la cama y enfrentar una jornada que le acercará un poco más a la muerte[1]. El sol, el implacable del trópico, hace arder la piel. Le yerba se seca, los arboles se tornan mustios, hasta el océano reverbera. En un medio así, no es difícil imaginar cuan ardua se le hace la tarea de sobrevivir a los seres humanos. Seres, quienes para colmo de males tienen que seguir obedeciendo a un orden de cosas impuesto y absurdo que les impide  no sólo cambiar, sino hasta proponerlo.

Por estos días autores con criterio propio de dentro de la isla se hacen eco de ese desespero, de ese mal de vivre que ha venido a incrementar el reciente discursito de condena al pueblo, que el gobernante actual hizo en la Asamblea Nacional. Resulta, siempre según este Castro 2, que es la gente la responsable de la pérdida de valores, de la grosería y de la corrupción que asolan ese país. Saltan insultados los Pedros Campos, los Felix Sautié y seguirán haciéndolo otros que aún optan por la vía de una condena a medias y « desde adentro », pues no queda otra solución que poner los puntos sobre las íes. El problema de quienes proponen « reformar » el socialismo cubano desde la crítica al gobierno, es que no han sido, son ni serán tenidos en cuenta por ese gobierno que les roba y recicla descaradamente parte de la crítica que ellos han venido haciendo hace años, siempre infructuosamente.

La fe está perdida en Cuba, no sólo la religiosa y ahora la ideológica. Es la fe de y en la nación la que está podrida. Los que aún hacen amagos para llamar a la unión y la superación del desastre que dura más de 50 años no desconocen que sus mensajes caen en oídos sordos. Al cubano común le importa poco menos que nada el destino del país, porque el país no es de ellos, es de los dueños de la finca, de sus mayorales y contramayorales. Todos los demás son carne de barracón y es por eso que ese cubano común vota con los pies, roba al « estado », es grosero, maleducado, y nada agradecido a la « robolución ».

Ya los que propugnan un utópico « socialismo democrático » en Cuba (oxímoron tropical) comprenden que los Castros habrán trabajado más que ningún otro gobierno cubano por la destrucción del proyecto nacional cubano, poniendo en bandeja de plata la soberanía de la isla al mejor postor cuando la crisis haga catarsis. Hace bien Campos en compararlos subrepticiamente con el partido anexionista de la época colonial, pues ese es el desenlace que se aproxima, siguiendo la actual lógica de las cosas. Y es justa la comparación que hace del actuar de estos hijos del soldado español, con el poder ibérico en la isla, que prefirió negociar con los EE. UU. antes que con los mambises, con las consecuencias que se conocen de años de ocupación, Enmienda Platt y otros males republicanos.

El nacionalismo, tardío  y con fuertes tendencias a los extremos en suelo cubano, ha sido causa de más males que frutos. Si la religión católica no pudo imponerse a todos, si la ideología comunista pudo menos, el nacionalismo, que mal que bien sigue vivo en los corazones de los cubanos de la isla y fuera de ella, es esa otra ideología, yo diría casi inconsciente, que tenemos que cuestionar como todas las otras. Se podrá salvar algo de ella, en aras de una cierta coherencia social y de la identidad cultural del isleño, pero en el siglo XXI que lo cuestiona todo y que tiende a ir más allá de la apariencia, tendrá el cubano no sólo que adaptarse a esas nuevas corrientes regionales y globales, sino que si es inteligente las liderará. Pero esto es un sueño, « y los sueños, sueños son », como el viejo Calderón de la Barca dijo un día, entretanto Cuba sigue exponencialmente « gozando de buen retraso ».


[1] La vida se mira en distintas partes del mundo según la parábola del vaso a medias lleno de agua o a medias vacío. Los que tienen esperanza lo ven de la primera forma descrita, los que la han perdido, de la segunda.


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