Publié par : lettresdemontreal | 6 décembre 2013

De baobabs, araucarias y sequoias

Arabaoseq

Un baobab ha caído ayer en Sudáfrica, y el estruendo se viene sintiendo en todo el planeta. Mandela, como esos árboles ancestrales y sagrados del continente africano, representa un caudal inagotable de sabiduría y de presencia. Mandela se ha extinguido, para renacer inmediatamente como el símbolo viviente que ya era, para hacernos reflexionar sobre los uno y mil temas sobre los cuales no solamente opinó, sino que a través de su acción, sentó precedente.

Luego de 27 años de presidio, y a la cabeza de un formidable movimiento de resistencia, promovió el entendimiento, la reconciliación y el avance hacia metas nunca antes logradas en tan breve tiempo por las más avanzadas naciones del mundo. ¿Fue ese largo y arduo tiempo en prisión el que le hizo adquirir la sabiduría necesaria para relanzar un país construido únicamente hasta su llegada al poder, sobre el odio racial y la explotación más espantosa de un pueblo en su propio territorio? Nadie sabrá responder a esa pregunta, porque ninguna vida y menos una como la de Mandela está regida por una sola experiencia. Yo creo percibir que también el hecho de que haya sido boxeador en su juventud, y que ello le haya permitido conocer « en carne propia », es el caso de decirlo: dolor propio y ajeno, le haya hecho pensar siempre en las consecuencias de la violencia.

Tantos « generales y doctores » que en este mundo han escogido en sus años tempranos ya sea la tribuna o la conspiración sectaria y hasta gansteril como único método de « arrimar el poder », o los deportes de poco riesgo físico y alta prestancia social, como método suplementario a la propaganda, para sumar votos. Tantos otros (o más bien los mismos), que en la guerra y en tanto que jefes de grupos armados, se han reservado el papel del francotirador, con la mejor arma del grupo que han dirigido, lejos del fragor de la batalla, al resguardo de los « tiros perdidos » o del alcance de la artillería y la aviación. De lo que conozco de la historia de mi país de origen, ese tipo de jefes no fueron ni Camilo Cienfuegos, ni Ernesto Guevara, ni antes Antonio Guiteras, ni Maceo, ni Gómez, ni Martí. Capitan araña les han llamado y siguen llamando a esos que no vale siquiera la pena mencionar por sus nombres.

Araucarias y sequoias morales ha dado y da aún nuestro continente americano. Ambos son árboles que en grandeza y magnificencia no tienen nada que envidiar a sus similares de tierras lejanas. Bolívar, San Martín y Allende en el Sur. Yo pienso siempre más en San Martín por su filiación « mandeliana », la de ceder el poder en el cenit de su gloria. Lincoln, Juárez y Layton en la América septentrional. Aquellas araucarias y estas sequoias han sido los Mandelas del Nuevo Mundo. Hago referencias sólo a los que como el sudafricano, ya no están entre nosotros. Los vivos aún tienen que demostrar que merecen la comparación, no la mía, la de la posteridad.


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